La disparada de las acciones de Oracle convirtió a Larry Ellison, por un día, en el hombre más rico del mundo, con un patrimonio de casi US$ 400.000 millones. De orígenes humildes, su madre, soltera, lo dio en adopción. Con US$ 2.000 fundó una empresa que cambió para siempre el manejo de datos de las compañías.
Larry Ellison no es un nombre tan omnipresente en los titulares como Elon Musk, Jeff Bezos o Mark Zuckerberg. Sin embargo, a sus 81 años, logró un hito que lo devolvió al centro de la escena: convertirse, aunque fuese por poco tiempo, en el hombre más rico del planeta. El índice de Bloomberg lo coronó por encima de Musk tras una jornada en la que las acciones de Oracle —la compañía que fundó en 1977— se dispararon. La cifra es mareante: alrededor de US$393.000 millones.
El salto tiene explicación. Oracle ha sabido reinventarse en un mercado ferozmente competitivo: apostó a la nube y la inteligencia artificial en el momento justo. Contratos con OpenAI y otros grandes jugadores dispararon la confianza de los inversores. Para Ellison, acostumbrado a las montañas rusas de la bolsa, fue una confirmación de que su empresa sigue siendo relevante en la nueva era digital.
Como si fuera poco, sobre su mesa está un rumor de proporciones globales: la posibilidad de que Oracle encabece el consorcio que adquiera TikTok en Estados Unidos, en el marco de la presión regulatoria sobre ByteDance. Que el propio Donald Trump, a quien Ellison apoya sin reservas, lo señale como comprador ideal de la aplicación más popular del planeta, le da a la historia un condimento adicional: tecnología, política y poder concentrados en una misma figura.
UNA INFANCIA DIFÍCIL
La vida de Ellison dista de haber comenzado bajo signos de abundancia. Nació en el Bronx, el barrio pobre de Nueva York en 1944, hijo de una madre soltera de 19 años, Florence Spellman. El padre era un piloto de la aviación italiana, pero desapareció rápidamente de la vida de Florence, incluso antes de que naciera su vástago. A los nueve meses Larry enfermó de neumonía y estuvo a punto de morir. Sin recursos, su madre lo entregó en adopción a unos parientes en Chicago: Lillian y Louis Ellison.
Su infancia transcurrió en un departamento modesto del sur de la ciudad. Lillian lo cuidaba con afecto, pero Louis, un hombre rígido, lo trataba con dureza. Se llamaba Louis Ellison, aunque el apellido era una construcción propia. Louis, de origen ruso, lo eligió para recordar su punto de entrada a Estados Unidos: Ellis Island.
Louis se cambió su apellido, probablemente como una forma de no ser reconocido como judío para tener mejores oportunidades laborales. Y la apuesta resultó darle resultados: fue empleado en el gobierno e incluso llego a tener una pequeña fortuna en el sector de bienes raíces para perderla durante la gran depresión.
A los 12 años, Larry descubrió que era adoptado. Fue un golpe que lo hizo sentirse siempre un extraño, pero también un motor de ambición: demostrar que podía llegar más lejos que nadie.
Ellison fue criado en un hogar judío reformista y asistían regularmente a la sinagoga. Pero a los trece años, Larry se negó a celebrar un bar mitzvah. “Si bien creo que soy religioso en un sentido, los dogmas particulares del judaísmo no son dogmas que yo suscribo. No creo que sean reales. Son sólo historias interesantes. Son una mitología interesante, y respeto a las personas que creen que son literalmente ciertas, pero yo no”, afirmó Ellison.
En la secundaria mostró un talento especial para las matemáticas y las ciencias. Ingresó a la Universidad de Illinois en Urbana-Champaign, donde se destacó. Pero la muerte de su madre adoptiva lo sacudió y abandonó los estudios. Intentó otra vez en la Universidad de Chicago, pero duró solo un semestre. La vida académica no era lo suyo.
EL VIAJE HACIA EL OESTE
Con poco dinero y un descapotable comprado de segunda mano, Ellison emprendió camino a California. Allí encontró el ecosistema perfecto: programadores, soñadores y emprendedores que estaban dando forma a lo que luego sería Silicon Valley.
Trabajó como técnico y programador en varias compañías. No era todavía un empresario, pero cultivaba algo más valioso: un instinto feroz para detectar oportunidades. Ese olfato lo llevó, junto a dos socios, a fundar en 1977 Software Development Laboratories, con apenas 2.000 dólares de inversión inicial. El producto: una base de datos inspirada en el modelo relacional del científico Edgar Codd.
Aquella pequeña empresa cambió de nombre a Oracle, nombre que tomó del proyecto que le vendió a la CIA, basado en su producto insignia. El éxito fue fulminante: en pocos años Oracle se convirtió en pionera en el mundo de las bases de datos relacionales. En los años 80, cuando las empresas empezaban a digitalizar su información, Oracle ofreció herramientas para organizarla, consultarla y protegerla de manera segura.
El crecimiento fue explosivo. A comienzos de los 90, Oracle ya era un jugador global, competía con IBM y Microsoft, y cotizaba en bolsa. Ellison, con su estilo agresivo, transformó a la empresa en una máquina de vender software corporativo. Con el tiempo, sumó middleware, servidores, almacenamiento y, más recientemente, servicios en la nube.
Las adquisiciones fueron parte central de la estrategia: PeopleSoft, Sun Microsystems, NetSuite. Cada compra fortalecía el ecosistema Oracle y lo volvía más difícil de reemplazar.
IMPLACABLE Y EXCÉNTRICO
Los empleados de Oracle saben que trabajar con Ellison no es fácil. Es exigente, directo, muchas veces duro. No tolera la mediocridad. Sin embargo, su visión estratégica y su capacidad para apostar a largo plazo son indiscutibles.
Le gusta arriesgar, tanto en los negocios como en la vida personal. Fue un pionero en cultivar una imagen de magnate aventurero: se involucró en la Copa América de vela, una pasión que lo llevó a invertir millones en barcos de competición; practica tenis, colecciona autos deportivos, aviones privados y yates.
Su vida sentimental también es parte del mito: se casó seis veces. Tiene dos hijos, David y Megan, ambos productores de cine en Hollywood. Hoy vive entre sus mansiones en California y su propiedad más excéntrica: la isla de Lānaʻi, en Hawái, de la que es dueño en un 98 %. Allí promueve proyectos turísticos y agrícolas, y cultiva un estilo de vida que combina lujo y experimentación.
En los últimos años, Ellison pasó de ser “solo” un empresario a un actor político. Su apoyo a Donald Trump es abierto y generoso en lo financiero. Incluso llegó a organizar eventos de recaudación de fondos para el expresidente en sus propiedades.
Esa cercanía lo convirtió en una figura controvertida: en Silicon Valley, donde predominan posturas liberales, su alineamiento con Trump genera críticas. Pero Ellison nunca pareció preocupado por lo que digan los demás. Su fortuna y su influencia le permiten seguir su propio camino.
LEGADO EN CONSTRUCCIÓN
A sus 81 años, Ellison sigue siendo presidente ejecutivo y director de tecnología de Oracle. Ya no ocupa la silla de CEO, pero conserva el control sobre la estrategia y el rumbo tecnológico. Es el guardián de la visión que lo llevó desde un pequeño garaje hasta la cima de la industria.
Su legado es doble: por un lado, cambió para siempre la manera en que las empresas almacenan y gestionan información. Por otro, construyó un imperio personal que lo convirtió en uno de los hombres más ricos y excéntricos de la historia.


